La agricultura en México es una actividad económica muy heterogénea: las desigualdades entre los productores han sido muy marcadas. La llamada agricultura social, que basaba su producción en el ejido, terminó siendo un fracaso. Miles de millones de pesos invertidos en el campo durante décadas por el Gobierno solamente sirvieron para fomentar la dependencia del campesinado hacia los programas gubernamentales, sin propuestas claras para transformar el ejido en una unidad de producción autosustentable. Por otro lado, la agricultura de propietarios privados ha venido repuntando en los últimos años. Entre los cultivos más rentables se pueden mencionar varios, pero el que llama la atención es el del tomate en sus diversas variedades, por su orientación exportadora.

Entre los estados que sobresalen por la producción de tomate son Sinaloa, Michoacán, Zacatecas, San Luis Potosí, Baja California Sur y Jalisco. En esa actividad participan más de 150 mil productores y la superficie sembrada es de alrededor de 51 mil hectáreas, la cual ha venido disminuyendo y sin embargo la producción se ha incrementado. La mayor productividad se debe a lo que llaman agricultura protegida: se utilizó la reconversión tecnológica para mejorar los rendimientos; se combinó las grandes superficies a cielo abierto con los invernaderos, que son menos susceptibles a las plagas y menos demandantes de agua, y además se dio el gran salto hacia los mercados de exportación: los principales clientes son los estadunidenses y canadienses. La exportación de tomate a Estados Unidos aumentó de 2009 a 2016 aproximadamente 9 por ciento, lo que ha traído reacciones de los productores estadunidenses que a su vez han permeado en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

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